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06/02/2009

El sionismo como problema mundial

 

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Manuel da Roura.

 

En Julio de 1974, y después de veintinueve años, hice la primera visita a mi pueblo de nacimiento y crianza. Una tarde, sentado yo en la puerta de la casa de mis padres, vi pasar a un señor quien, al conocerme, me abrazó y me invitó a tomar un refresco en el bar cercano. Allí estuvimos un rato, sentados delante de una mesa, hablando y recordando.

Por aquellos días se estaba produciendo en el Oriente Medio la guerra que se dio en llamar de Yom Kippur. Una de las tantas contiendas que sistemáticamente se venían dando entre Israel y Palestina. Mi compañero de mesa, por lo que pude entender oyéndole hablar del asunto, simpatizaba claramente con Israel y, de pronto, estalló: -“Oye Manuel, si yo estuviera en lugar del primer ministro judío, ordenaría que mis aviones lanzaran unas cuantas bombas atómicas sobre esos cochinos árabes y, los que sobrevivieran ¡Que comieran arena!”. Me sorprendió la pasión que mi viejo compañero puso en tal afirmación, pero como la cosa no me interesaba mucho, callé.

Días después le conté el caso a otro amigo. Este se sonrió y dijo:-“Mira Manuel, durante los años que estuviste fuera, aquí las cosas han cambiado mucho. Ese señor del que hablas, es judío y ahora puede, y lo hace, vanagloriarse de lo que siempre ha ocultado. Ahora se siente vencedor. Antes, cuando la monarquía archicatólica y luego con un Franco prepotente y fascista se guardaba muy bien, así como algunos otros de airear sus orígenes. Pero ahora no”. ¡Vaya!, ¡Vaya! ¿Con que es judío?. Pues mira tu que jamás lo pensé. Yo no sabía que aquí, en esta zona, había judíos –“Hay más de los que tú crees. Hay y hubo, y por supuesto, han sido siempre los que mejor han vivido”.

Las expulsiones de judíos plenan la Historia de Europa, Oeste de Asia y Norte de África: Antes de Cristo son expulsados de Egipto por el faraón de turno. Los asirios los sacan de Palestina poco después. El emperador romano Vespasiano los vuelve a expulsar. Los almohades (musulmanes norafricanos) los sacan de Al Andalus en el siglo XIII. Castilla los expulsa de la Península Ibérica en 1492. A partir de 1882, los progroms rusos provocan una masiva emigración judía. Por último, en los campos de concentración nazis termina cometiéndose un genocidio deplorable y bárbaro, de cualquier manera que se le mire. Genocidio que no solamente tuvo como víctimas a los judíos, sino que allí fueron asesinados millones de rusos y miles y miles de hombres, mujeres y niños de países más o menos cercanos a la Alemania nazi.

Ahora bien, cuando la ministra de relaciones exteriores israelí, Tzipi Livni, anuncia ante sus congéneres en las Naciones Unidas que se reanudarán los bombardeos sobre Gaza, caso de que los palestinos lancen sobre Israel uno solo de esos cohetes (que más que cohetes parecen triquitraques), está mostrando el más olímpico desprecio por los palestinos y por todo el mundo. Durante sus declaraciones, la cara de la ministra era todo un poema de insensibilidad, prepotencia y veneno. Para conocer un poco la historia judía no hace falta ojear el Pentateuco: zarzas que ardiendo no se queman; la cuna-canasta de Moisés o el Nilo retirándose de su cauce.

Basta y sobra mirar detenidamente la bestial deshumanización del rostro de la señora ministra, para comprender un poco el problema judío y el no menos terrible problema de un mundo que, a lo largo de los siglos, ha venido soportando la tiranía interminable de un pueblo que pareciera que no sabe o no puede convivir con los demás. Los holocaustos o genocidios no se dan por gusto o por sadismo colectivo. En estos casos, son la respuesta a siglos de opresión socavada por parte de minorías endiosadas y dueñas del más allá. Ninguna persona sale a la calle a matar judíos porque sí. Estudiemos las causas y podremos comprobar como un pueblo, por arte de birlibirloque representa a Dios, se apropia de Dios y lo tiene secuestrado. Dios, el Dios de todos, habla por boca judía. Estudiemos y corrijamos las causas y pondremos remedio a las matanzas y los exterminios. Así, será posible que la señora ministra de Israel aprenda a sonreír bondadosamente, humanamente ¡Como debe ser!.

La ministra Tzipi Livni ¿Podría decirnos a cuántos palestinos es necesario matar y cuántas ciudades hay que bombardear y destruir para que los israelitas queden satisfechos y conformes?. No, Israel actuará siempre como le parezca, haciendo caso omiso de opiniones amigas o enemigas, para destrozar y eliminar a Gaza o a cualquier otro país que considere adversario real o potencial. ¡No!, dice la Livni, tenemos nuestras leyes y nuestras normas para imponer nuestra voluntad a quien sea, donde esté y cuando nos apetezca. Israel, pues, se desliga de toda ley, regla u obligación internacional que, de alguna manera, estorbe a sus intereses. En concreto: mataremos con o sin permiso de personajes u organizaciones internacionales y no permitiremos a nadie que nos condene o nos censure...¡Toda una joya!.

Regresando a mi tierra: Parece que nuestros paisanos judíos llevaban más de cuatrocientos años ocultando su procedencia, bautizándose y asistiendo a misas dominicales pero, como dije anteriormente, las cosas cambiaron. Visto esto, tomé interés en el caso: conseguí los tres tomos de la obra “Historia de Muros y su Distrito”, escrita a principios del siglo XX, cuyo autor lucía un segundo apellido a todas luces judío; por otra parte, me dediqué a recorrer las calles enlosadas del pueblo, andar y desandar aquellos recodos, mirar las viejas fachadas de piedra berroqueña asentadas sobre estrechos soportales. Adentro, largos zaguanes con su mostrador lateral que se perdía en la penumbra abarrotado de telas, zuecos, alpargatas y otras mercancías; la vendedora, ojos grandes y negros, nariz afilada, ojeras amoratadas y palidez de cera en el resto de la cara... ¡Aquí están los judíos del cuento!, me dije.

Siguiendo mi recorrido pude admirar una antigua capilla en cuya fachada, y grabado en altorrelieve el escudo de la Santa Inquisición. ¿Por qué la Inquisición?, pensé, y ¿Por qué esta gente ha podido vivir aquí cerca de cinco siglos sin integrarse o integrada a medias, buscándose entre sí, casándose entre sí y considerando al “otro” sólo como cliente o consumidor?. Ahí está la casa del médico Don Juan Loxo, judío de origen portugués. Más allá el boticario Iglesias y el secretario de no sé que cosa Malvárez. Clases medias pueblerinas, profesionales de pluma unos, de medicina otros y, los demás de mostrador. Como bien decía un clérigo del siglo XVI: “Es difícil encontrar un judío cavando en los huertos o empuñando la mancera labradora. Prefieren el cómodo asiento del burócrata o del comerciante así como el interminable regateo del prestamista”.

Regresando ahora a lo más general, diríamos que el israelí no tiene interés alguno en judaizar al no judío. No es este su problema, como sí lo fue para la mayoría de las religiones. Considera que su doctrina y su dogma forman parte de un pueblo único, un pueblo exclusivo y por lo tanto exclusivista. Importa sólo la procedencia y la raza, por más que en sus históricas aventuras y desventuras haya sido penetrada con frecuencia. El judío no fue ni es el resultado de un proceso de catequización, sino del ayuntamiento carnal entre una pareja judía o, algo muy buscado, la unión interesada entre judío de raza y noble rico o rica. La nobleza española está y estuvo toda ella penetrada, por más que pasó años y siglos tratando de ocultarlo. Y ahí se quedaron los judíos actuando como cuña dentro de las sociedades cristianas, acaparándolo todo, desde la cúpula de la sociedad feudal hasta los altos cargos de la Iglesia (El primer inquisidor general, Don Tomás de Torquemada, provenía de familia judía).

En cuanto a la Alemania, nazi orgullosa y vencida, arrastraba un mortal resentimiento contra quien, siendo del mismo país, anteponía sus intereses de raza y credo al amor a la patria teutona y, de la misma manera que habían actuado en otros países y en otras épocas, los judíos se consideraron siempre judíos, no germanos, siendo su conducta la resultante de esa preferencia.

Por más que los medios internacionales de publicidad, de una u otra manera, estuvieron y siguen estando en manos judías, los pueblos han venido rechazando los permanentes y tercos intentos de apropiación de tierras y riquezas patrias. Y es éste, y no otro el motivo de la malquerencia y la desconfianza que se les tiene. No se puede protagonizar de manera sórdida y a contrapelo toda la Historia en casi todo el mundo sin que los excluidos se den por aludidos y golpeados. No se puede abusar de instrumentos sacralizados, más o menos creíbles y casi siempre grotescos, para quedarse con bienes y patrias ajenas. La Historia puede ser, y de hecho lo es, la acumulación de trágicas tonterías cuyo único fin es explotar y servirse del prójimo. Las razones histórico-religiosas que los judíos nos han venido enrostrando como pueblo elegido y cosas por el estilo, han venido sirviendo como razón cumbre a la rapiña. Ese Dios, absolutamente parcializado, que acepta sin pestañear el asesinato de 400 niños palestinos allá en Gaza y que sigue dispuesto a avalar mayores infanticidios siempre y cuando los niños hayan sido paridos por madre no judía, no puede ser el Dios de nadie.

El tormento y la muerte durante el Holocausto de los años 40, es un horror que clama al cielo, pero parece que los asesinatos con fósforo blanco y bombas de racimo en la Franja de Gaza son sólo daños colaterales. La semántica es un arte que los judíos dominan a perfección aunque no sea la propia, o precisamente por eso.

Traje a colación a este artículo un pequeño trozo de la historia de mi pueblo gallego porque, en líneas generales, y en relación al judaísmo universal, los resultados de la invasión por goteo del israelí en mi tierra chica ocasionó parecidos fenómenos a los que en mayor escala se produjeron en los grandes países: Entronización y poder para los que llegaron con las agallas abiertas, miseria y dependencia para el originario.

Menos mal que la modernización producida en los últimos 50 años tuvo la virtud de potenciar otros grupos y, a estas alturas, lo judío está terminado o, por lo menos, ya no se nota. Las clases y capas sociales tienen ahora nuevos componentes. Ojalá sean menos retorcidos y complicados.

 

 

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